Manifiesto 6 de Diciembre 2014

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A veces, una ciudad parece una extensión de nosotros, recorremos sus calles como si recorriéramos nuestros recuerdos. La ciudad que caminamos, esa rutina incansable de asfalto, cemento y a veces pasto, ha sido testigo de nuestro trabajo, de nuestra historia. La ciudad es testigo de quiénes somos, de cómo vivimos, del por qué nos desplazamos, del por qué construimos. A veces, cuando me pregunto qué es una ciudad, no puedo dejar de imaginarme un espacio lleno de personas, personas que trabajan, personas que caminan, que dialogan, que ríen. No sé por qué hoy en día dicen Ciudad de la Salud o Ciudad futura y sólo nos muestran edificios y tecnología ¿dónde están las personas en estas ciudades?, ¿dónde están esos recuerdos en las pisadas rutinarias para llegar a casa?, ¿dónde estamos nosotros y nuestra ciudad?

Los proyectos de desarrollo urbano, nos han excluido, borran de tajo nuestra huella en el mundo, esa extensión de quiénes somos. Y al denunciar nosotros como nos borran en el mundo, recibimos el título de bárbaros, subdesarrollados, anti-modernos o globalifóbicos. El desarrollo, el progreso y la modernidad, se han convertido en nuestros enemigos, porque mientras ellos construyen olvido, nosotros construimos identidad. Es el progreso y lo moderno, lo que nos obliga a renunciar a quiénes somos para dar pie a los edificios, a la innovación, a la ciudad sin rostros, sin risas y sin recuerdos. Por qué será que el progreso y el desarrollo caminan en un sentido diferente al nuestro, por qué será que nuestras formas de vida no pueden ser modernas ni desarrolladas.

Muchas veces nos llaman invasores, holgazanes que prefieren construir su casa que comprar un lujoso departamento en el centro de la restauración urbana. Muchas veces buscan darle otro significado a nuestra ciudad y nos desplazan porque manchamos la estética de la mercadotecnia. Pero en eso no se equivocan, somos invasores, invasores de sus proyectos de desarrollo, de sus proyectos de olvido y de apropiación de nuestra historia. Porque la historia de vivir en cuevas, de construir en pedregales llenos de serpientes y tepozanes, no se vende con la imposición de una Ciudad que solo nos ofrece cemento. Los habitantes de los pedregales hemos estado acostumbrados a que se nos diga que somos paracaidistas, sin derecho a la tierra, porque en lugar de comprar nuestras viviendas por medio de una inmobiliaria nos hicimos un de hogar con nuestras manos. Somos un pueblo que vive en la urbe, pero conservamos lo que los citadinos han perdido entre la selva de asfalto: nuestra historia y a nuestra ciudad como testigo.

Señoras y señores, quien pierde su historia está condenado al olvido, a sucumbir en la vorágine de la modernidad y a terminar allá “en donde estornudan adobes” como dice una vecina. Nosotros no rechazamos el progreso, rechazamos sus formas de progreso que se imponen sobre nuestras formas de vida. Y así como nosotros, la ciudad misma se debate entre el patrimonio y la promesa de un porvenir que difumina la trayectoria de vida de los pueblos y barrios que aún habitan en el D.F. El futuro borra paulatinamente quienes somos, depende de nosotros evitar eso. Podemos llamarlo lucha, resistencia, autonomía, rebeldía o simplemente, congruencia. Necesitamos rebeldía, una rebeldía viva que denuncie al desarrollo, que denuncie el despojo, a la construcción ilegal, al desplazamiento, al abandono. Rebeldes que digan “ya me cansé” de las imposiciones que nos dicta el progreso, ya me cansé de que no se me tome en cuenta para decidir los cambios en la ciudad, en esa extensión de nosotros mismos.

Aquí y ahora, en este 6 de diciembre de 2014, denunciamos que no queremos Zonas de desarrollo económico y social, queremos zonas de convivencia en las que todos podamos participar. Denunciamos, que no queremos parquímetros ni ser tratados como turistas en nuestras propias viviendas, queremos espacios de recreación diseñados para los habitantes de esta ciudad y no para los transeúntes y sus cámaras fotográficas. Denunciamos la falta de agua y que no queremos más paliativos como pipas, sino zonas de recarga acuífera que nos abastezcan de este líquido de forma sostenible. Denunciamos el excesivo impuesto predial que pagan nuestras viviendas y exigimos una revisión de la tasación del mismo. Denunciamos el urbanicidio, la gentrificación, el abandono, el desplazamiento, la violencia, la corrupción. Denunciamos tantas cosas, que ciertamente no podemos ser unos pocos.

Ante esta hidra que nos acecha, no hay luchas aisladas que no la combatan. Si bien podemos ser soñadores, no somos conformistas, y al mostrar nuestro descontento reafirmamos nuestra existencia en esta ciudad que nos pertenece. Porque también en el D.F. la ciudad, la vecindad, el barrio, el pueblo ejidal, no se venden se aman y se defienden.

En defensa de nuestra dignidad

Vecinos Unidos de Coyoacán

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